El embarazo transcurrió tranquilo. La curiosidad por conocer al chiquito que me acompañaba iba creciendo junto con él. Supimos que sería varón y en ése mismo momento su nombre apareció entre nosotros: Lisandro estaba en camino.
El fin de la dulce espera se anunciaba para el 15 de enero, aunque en varias ecografías el tamaño y peso de la criatura presagiaban un posible adelanto de la fecha. Y como no podía ser de otra manera, el niño heredó la ansiedad de los padres...
Durante la madrugada del 6 de enero mi panza se movió más de lo habitual. La rutina por aquel tiempo era caminar con mi compañero por las calles de Devoto durante la tarde, cenar y quedarme hasta altas horas en Twitter para que la noche se me hiciera más corta. Fue así que a las 2.30 AM de aquél caluroso viernes de reyes me acosté sin sueño y pensando en el cambio de luna que se avecinaba. Una contracción muy fuerte me alteró alrededor de las 4.30 de la madrugada, y cuando terminó el dolor sentí que mi vejiga ya no soportaba más el peso de la panza, con lo cual, comencé a mojarme. No fueron mis ganas de hacer pis las que me asaltaron sino que mi bebé había roto la bolsa en la que estuvo durante 9 meses adentro mío.
Los nervios aparecieron pero no fueron impedimento para lograr mi objetivo: disfrutar de su llegada a pesar de los dolores. Las contracciones se hicieron presentes cada cinco minutos, y al llegar a la clínica sentía en cada paso que daba la presión que Lisandro hacía sobre la pelvis para salir. Eso me provocaba ternura y desesperación a la vez. Todo salió como lo soñé desde el instante en que me enteré que estaba embarazada: mi hijo llegó a la tierra en 28 minutos. Tres pujos y él estaba conmigo.
Me pasó que cuando estaba pariendo no podía pensar en nada, solo me invadía la ansiedad de conocerlo. En el momento en que me lo apoyaron en el pecho, ese cuadro único e irrepetible donde lo sentí por primera vez fuera de mi, con su olor, su miedo, su carita arrugada y su cuerpo morado, me largué a llorar como una recién nacida mientras él aún estaba entendiendo lo que sucedía. Nació el bebé, pero lloró la mamá. Así de sabio fue el chiquito. Así de gigante. Entonces comprendí que tener un hijo te hace más pequeño, te vulnera de tal forma que todo lo que ocurre no tiene sentido sin él.
Lisandro me enseña su fuerza día a día, y yo le demuestro mi debilidad: la fuerza de mi hijo es su sabiduría, y mi debilidad es sin dudas él. Una experiencia más se sumó a mi historia y otro aprendizaje de la mano de un enano de 51 cm de largo. Nada más grandioso.
Por todo esto, a un mes de tu llegada dejo plasmada esta vivencia para que cuando puedas leerla entiendas que mi mundo empezó un 6 de enero de 2012.
El fin de la dulce espera se anunciaba para el 15 de enero, aunque en varias ecografías el tamaño y peso de la criatura presagiaban un posible adelanto de la fecha. Y como no podía ser de otra manera, el niño heredó la ansiedad de los padres...
Durante la madrugada del 6 de enero mi panza se movió más de lo habitual. La rutina por aquel tiempo era caminar con mi compañero por las calles de Devoto durante la tarde, cenar y quedarme hasta altas horas en Twitter para que la noche se me hiciera más corta. Fue así que a las 2.30 AM de aquél caluroso viernes de reyes me acosté sin sueño y pensando en el cambio de luna que se avecinaba. Una contracción muy fuerte me alteró alrededor de las 4.30 de la madrugada, y cuando terminó el dolor sentí que mi vejiga ya no soportaba más el peso de la panza, con lo cual, comencé a mojarme. No fueron mis ganas de hacer pis las que me asaltaron sino que mi bebé había roto la bolsa en la que estuvo durante 9 meses adentro mío.
Los nervios aparecieron pero no fueron impedimento para lograr mi objetivo: disfrutar de su llegada a pesar de los dolores. Las contracciones se hicieron presentes cada cinco minutos, y al llegar a la clínica sentía en cada paso que daba la presión que Lisandro hacía sobre la pelvis para salir. Eso me provocaba ternura y desesperación a la vez. Todo salió como lo soñé desde el instante en que me enteré que estaba embarazada: mi hijo llegó a la tierra en 28 minutos. Tres pujos y él estaba conmigo.
Me pasó que cuando estaba pariendo no podía pensar en nada, solo me invadía la ansiedad de conocerlo. En el momento en que me lo apoyaron en el pecho, ese cuadro único e irrepetible donde lo sentí por primera vez fuera de mi, con su olor, su miedo, su carita arrugada y su cuerpo morado, me largué a llorar como una recién nacida mientras él aún estaba entendiendo lo que sucedía. Nació el bebé, pero lloró la mamá. Así de sabio fue el chiquito. Así de gigante. Entonces comprendí que tener un hijo te hace más pequeño, te vulnera de tal forma que todo lo que ocurre no tiene sentido sin él.
Lisandro me enseña su fuerza día a día, y yo le demuestro mi debilidad: la fuerza de mi hijo es su sabiduría, y mi debilidad es sin dudas él. Una experiencia más se sumó a mi historia y otro aprendizaje de la mano de un enano de 51 cm de largo. Nada más grandioso.
Por todo esto, a un mes de tu llegada dejo plasmada esta vivencia para que cuando puedas leerla entiendas que mi mundo empezó un 6 de enero de 2012.
Te amo.
