lunes 6 de febrero de 2012

Parir (me)

Impaciencia. Eso describía mi estado general durante los primeros días de enero. Hace un año atrás para esta época mi cabeza no dimensionaba la expansión de mi vida a través de un hijo. En verdad, no era un objetivo primordial ser madre aunque en varias oportunidades lo imaginaba. La terapia ayudó bastante al proceso de aceptar el deseo y desafiar a las propias fantasías que giraban permanentemente alrededor de la maternidad. A medida que iba explorando mis ganas y contradicciones más ahondaba en aquel deseo tan oprimido, estrangulado y boicoteado por mi magnífico inconsciente consciente. Fue así que un 14 de mayo de 2011 el análisis que decidí realizarme en casa marcó las dos famosas rayas que anunciaban la llegada del nuevo integrante. Recuerdo que en aquel instante, en medio de un bajón de presión, mi mente quedó en blanco y comencé a sentir un miedo que invadió todo mi cuerpo, subió por mi estómago y llegó hasta la garganta anudándome las ganas de hablar. Tenía terror. Es que iba a ser mamá: hecho maravilloso e inimaginable para mí.
El embarazo transcurrió tranquilo. La curiosidad por conocer al chiquito que me acompañaba iba creciendo junto con él. Supimos que sería varón y en ése mismo momento su nombre apareció entre nosotros: Lisandro estaba en camino.
El fin de la dulce espera se anunciaba para el 15 de enero, aunque en varias ecografías el tamaño y peso de la criatura presagiaban un posible adelanto de la fecha. Y como no podía ser de otra manera, el niño heredó  la ansiedad de los padres...
Durante la madrugada del 6 de enero mi panza se movió más de lo habitual. La rutina por aquel tiempo era caminar con mi compañero por las calles de Devoto durante la tarde, cenar y quedarme hasta altas horas en Twitter para que la noche se me hiciera más corta. Fue así que a las 2.30 AM de aquél caluroso viernes de reyes me acosté sin sueño y pensando en el cambio de luna que se avecinaba. Una contracción muy fuerte me alteró alrededor de las 4.30 de la madrugada, y cuando terminó el dolor sentí que mi vejiga ya no soportaba más el peso de la panza, con lo cual, comencé a mojarme. No fueron mis ganas de hacer pis las que me asaltaron sino que mi bebé había roto la bolsa en la que estuvo durante 9 meses adentro mío.
Los nervios aparecieron pero no fueron impedimento para lograr mi objetivo: disfrutar de su llegada a pesar de los dolores. Las contracciones se hicieron presentes cada cinco minutos, y al llegar a la clínica sentía en cada paso que daba la presión que Lisandro hacía sobre la pelvis para salir. Eso me provocaba ternura y desesperación a la vez. Todo salió como lo soñé desde el instante en que me enteré que estaba embarazada: mi hijo llegó a la tierra en 28 minutos. Tres pujos y él estaba conmigo.
Me pasó que cuando estaba pariendo no podía pensar en nada, solo me invadía la ansiedad de conocerlo. En el momento en que me lo apoyaron en el pecho, ese cuadro único e irrepetible donde lo sentí por primera vez fuera de mi, con su olor, su miedo, su carita arrugada y su cuerpo morado, me largué a llorar como una recién nacida mientras él aún estaba entendiendo lo que sucedía. Nació el bebé, pero lloró la mamá. Así de sabio fue el chiquito. Así de gigante. Entonces comprendí que tener un hijo te hace más pequeño, te vulnera de tal forma que todo lo que ocurre no tiene sentido sin él. 
Lisandro me enseña su fuerza día a día, y yo le demuestro mi debilidad: la fuerza de mi hijo es su sabiduría, y mi debilidad es sin dudas él. Una experiencia más se sumó a mi historia y otro aprendizaje de la mano de un enano de 51 cm de largo. Nada más grandioso.

Por todo esto, a un mes de tu llegada dejo plasmada esta vivencia para que cuando puedas leerla entiendas que mi mundo empezó un 6 de enero de 2012. 

Te amo.




lunes 19 de diciembre de 2011

Un estado de sitio que no fue


Después de escuchar las palabras de De La Rua que declaraban el estado de sitio me levanté de la cama aterrorizada. Por aquel entonces tenía apenas 22 años, me había ido a vivir sola a un monoambiente lleno de humedad y muy oscuro que para mí era lo mejor del mundo. Trabajaba en una empresa yanqui, un call center que me había hecho ganar buena plata por comisión en ventas en muy poco tiempo. El departamento que alquilé quedaba en Beruti y Agüero, a una cuadra del conocido bar Job’s, a siete cuadras del lugar en el que vivían tres amigos del secundario y a quince minutos en subte del laburo. Para alguien que se había criado en el conurbano y que no lograba llegar a un lugar en menos de 40’ de viaje, los cuales se repartían casi siempre entre tren y subte o colectivo, era realmente un paraíso terrenal.
Mis ansias por vivir fuera de la casa de mis viejos y sentirme “adulta” se desvanecieron en el instante en que terminó la cadena nacional. El miedo no cedía. Recuerdo que agarré el teléfono y comencé a llamar desesperadamente a quien hoy es el padre de mi hijo. Nuestra juventud nos había arrimado, las pasiones que teníamos nos enamoraban y las ganas de trascender políticamente sin saber bien adónde ni cómo, conducían nuestros actos. “Venite para casa, estoy cagada en las patas. Escucho golpes en el edificio y gritos, por favor veni” le dije llorando mientras acomodaba la billetera en un bolsito para salir a la calle. “No salgas, esperame ahí que veo cómo hago para llegar. Están saqueando el Día de San Martín y el súper de al lado de la casa de tus viejos”. Corté. Llamé de inmediato a mi mamá disimulando mis nervios “hija ni se te ocurra venir para acá, quedate en tu casa. No salgas”. Ya tenía resuelto qué hacer, y sabía que mi compañero iba a seguirme. Pasaron dos horas de ansiedad y espera interminable, un atado de diez cigarrillos Marlboro y ruidos de cacerolas cada vez más fuertes hasta que llegó él. Abrió la puerta del departamento y nos dimos un abrazo que jamás voy a olvidar en toda mi vida. “Vamos?” me dijo, y sin decir nada, salí de su mano. No sabíamos qué íbamos a hacer, lo único que queríamos era llegar a la Plaza de Mayo. Caminamos desde Santa Fe y Agüero hasta la Facultad de Sociales, en M T de Alvear. Él traía escondidos unos aerosoles que nos permitieron dejar las huellas de ese día en varias paredes de las calles: “30.000 compañeros presentes”, es lo único que pensábamos. Escondimos los aerosoles detrás de un árbol en la vereda de la facultad porque el rumor que se corría era que estaba la montada tirando gases lacrimógenos en la Plaza. Había muchísima gente corriendo en dirección opuesta a la nuestra, cerca de la 9 de Julio. “Viene la cana, no vayan!” mi piernas temblaban. Tratamos de seguir hasta donde pudimos. Era la madrugada del 20 de diciembre y escapamos corriendo de un auto de la policía que justo dobló en una esquina de no me acuerdo qué callecita del microcentro. El corazón se me salía de la boca, no podía más. Nos tranquilizamos a medias y decidimos volver al departamento.
Esa noche volvimos a dormir juntos en mi cama de una plaza, los dos apretados a pesar del calor, con la tele prendida viendo lo que pasaba y el temblor que aún me perduraba. Él pudo dormir, yo no. Me quedé despierta pensando qué hacer. El 20 de diciembre rendía el final de la materia Principales Corrientes del Pensamiento Contemporáneo. Estudiaba Comunicación Social en la UBA y venía preparándome desde hacía tres semanas para poder rendirlo. Se hicieron las 6 AM y decidí levantarme. No dudé en ir a trabajar, los despidos masivos ya eran moneda corriente y no podía arriesgarme a que me echaran. Mi compañero se despertó y salió conmigo, él rumbo a San Martín a buscar su cámara de fotos. “Voy a la Plaza, esta vez quiero llegar”.
Trabajé hasta las tres de la tarde y salí decidida a buscarlo. Un montón de gente quería llegar a la Plaza como yo, íbamos todos juntos hasta que nos topamos con la montada en Diagonal Sur y Maipú. Fue la primera vez que experimenté de cerca la reacción que te genera un gas lacrimógeno. Un flaco me agarró del hombro para que me corriera ya que quedé paralizada, me caí al piso y me dio un gajo de limón. “Chupalo y ponete algo de jugo alrededor de los ojos, dale!” y se fue. La represión era atroz. Me levanté y comencé a correr sin saber adónde hasta que llegué a Av. Corrientes. No sabía cómo estaba mi compañero ni qué tenía que hacer. Lo único que sabía era que ése día supuestamente tomaban el final en la facultad. Caminé hasta Ángel Gallardo y Corrientes, agotada, mirando hacia todos lados. La sede de la calle Ramos Mejía de la Facultad estaba cerrada y no recuerdo bien si alguien o una cartulina pegada en el portón principal decía que estaban tomando examen en el Bar El Astillero. Fui hasta ahí y no encontré a nadie. Me acerqué a preguntar y el pibe del bar me dijo “Ya tomaron los finales. Qué hacés acá? Afuera está la historia”. Eran las 19.30. Nunca más me voy a olvidar de esas palabras. Cuando llegué a mi casa, supe que para esa hora ya había renunciado Fernando De La Rua a la presidencia de nuestro país, y que mi compañero estaba sano y salvo.
A diez años de aquellas trágicas jornadas que dejaron un saldo de más de 30 muertos, es imprescindible ejercitar la memoria, dejar plasmadas nuestras vivencias tengamos la edad que tengamos, hayamos vivido o no como protagonistas esos sucesos.
A días de parir mi primer hijo sostengo aún más fuerte la bandera de la lucha por un país sin exclusión social, lucha que se alimenta de la memoria colectiva, de esa misma memoria que nos dice a gritos una y otra vez NUNCA MÁS.  

sábado 17 de diciembre de 2011

CURSO DE PREPARTO: Una manera de anular la seducción en la pareja pero siempre con felicidad (¿?)

Advertencia: Disculpen los términos soeces. Necesité canalizar por algún lado.  
  • Primera charla de preparto: Una va con ansias, esperanzada de salir alegre y despreocupada, sin pensar en lo que la espera. El encuentro fue bizarro desde las parejas presentes hasta las preguntas que se hicieron. Una embarazada dice "con el primero la teta se la di hasta los tres meses. Fue el año de la gripe A, y lo único que pensaba era si se me enfermaba el bebe". Inyección de felicidad. Luego de esa declaración más que alentadora, nos dijeron que a partir de ahora tengo que llevar un pañal a cuestas por si rompo bolsa. Según la partera "el pañal puede retener un litro de líquido así que si rompen bolsa se ponen un pañalito del bebe. Eso sí, no me llamen para decirme que no les abrocha. Les juro que me pasó". Listo. Me paré, canté bingo, me sobé las tetas como me explicaron ahí mismo y seguí escuchando atenta. No creo que resista todas las reuniones. Y aparte, la pudrí con una chiquita que vino a hablar de parte de una empresa privada de células madre q me quería hacer completar los datos "por si te interesa". Le dije "no me interesa, y no es obligatorio que deje mis datos". Lindo. Soy feliz (?) 
  • Finalmente vencí mis prejuicios y decidí ir a la segunda charla de preparto. Fue bastante jugosa, aunque no tanto como la primera. La partera insistió con lo de las tetas, y tanto nos dijo que prendamos y apaguemos los pezones que cada vez que me miro en bolas al espejo veo la cara de Lapegûe en cada goma saludándome. Esto no es sano... además, tengo que empezar a respirar llevando el aire al abdomen, en el mismo momento abrir las piernas, hacer fuerza sin soltar el aire, quedarme con las piernas abiertas, largar el aire y "disfrutar" de ese momento. Ok, avísenme cómo se vuelve a seducir después de que mi compañero vea esta imagen... no creo que garchemos más... Y a eso se le suma que me salió una línea marrón en la barriga. Bien, queda especial (ponele) 
  • En la tercera y cuarta charla de preparto hubo rateada pero tengo mis motivos mucho más que válidos. La realidad es que nadie te dice la posta sobre lo que te va a pasar con un bepi en la panza. El discurso naif que te venden es el famoso “el mejor estado es el de la mujer embarazada”… las pelotas! Resulta que el día que tenía que ir a la tercera charla en cuestión, unos pinchazos agudísimos comenzaron a acosarme justo en mis genitales.  "Macanudo" pensé. Caminar me era costoso, y tratar de caminar sin parecer paspada más. Además de eso, la baja presión arterial se apoderó de mí y continuó una semana en mi ánimo por la ola de calor que hubo. Conclusión: Cuarta charla también al tacho. Parecía Bambi después de su primera vez: me temblaban las piernitas tan solo con levantarme para ir de la pieza al baño. Y la frutilla del postre??? Una hernia inguinal justo debajo de la panza que el médico catalogó como “normal, se va sola”… Bien, ¿alguien que ayude a cortarme los huevos imaginarios??? 
  • Quinta charla: simulacro de cesárea. Sí, así como lo leen. A esta altura la partera me parecía una eminencia, y más allá de lo raro del encuentro, no puedo negar que la mina la tiene clara. El simulacro constó de un bebote Yolybell  que: a) Podía enroscarse en el cordón umbilical b) No entraba al canal de parto c) Estaba de manera horizontal en la panza y no se ponía de cabeza. Esos tres ejemplos bastaron para explicar la posibilidad de intervención quirúrgica mientras el estómago se me iba frunciendo al mismo tiempo que mi  importante culo: terror me daba de solo pensarlo. Lo mejor fue cuando la partera se dirigió a los padres: “Uds no van a ver un espectáculo. No quiero que filmen ni se pongan del lado del obstetra. ¡¿Saben cuántos casos de eyaculación precoz e impotencia hay luego de que el hombre vea cómo sale el bebé del vientre de su mujer?!”… en fin, insisto: cómo volver a coger luego de ser madre y no morir en el intento… El broche de oro fue la pregunta de una de las concurrentes: “Yo me mojo bastante… habré roto bolsa?” La cara de todos fue primero de susto y luego comenzaron las risas cuando escuchamos la respuesta: “Es normal que te mojes, es más, probablemente tengas incontinencia urinaria”. Precioso. Seductor. 
  • Última charla: Lactancia. Y acá sí me terminé de convencer que no nací para ser madre, pero le voy a poner voluntad. Además de la preparación de los pezones que me explicaron al principio, durante la cual logré que los míos sintonicen la Rock and Pop, aprendí que el bebé se te “prende” a las tetas no solamente de la punta del pezón sino que tiene que abrir bien la boca para que le encastres toda la areola y no se te agrieten. Más allá de eso, lo que quedó en claro es que el pibe te lastima igual. Canto a la vida! Para mayor info, la saliva del bebé es ácida, entonces cada vez que toma me tengo que lavar las gomas. Y además, el consejo que repitió la partera a cada rato es que tengo “que airear las lolas”. Pensé en recibir a todo el mundo en tetas, pero no creo que sea correcto. “Cuanto más tiempo estén con las mamas al aire, mejor. Ojo, miren que van a chorrear leche, ténganlo en cuenta”. Mi cabeza no paró de imaginarme bajando a abrir la puerta del depto, salpicando leche por el hall del edificio y cantando “I’m singing in the rain”.  Algo extraño: si el bebé no toma de las dos tetas porque se llenó con una, la otra me la tengo que ordeñar. Con mi compañero nos miramos y automáticamente comenzamos a reír. Siempre soñé con vivir en el campo… así que tal vez pongamos un tambo en casa. Por algo se empieza. 
Eso fue todo. Ahora sólo resta esperar a que llegue el pequeño demonio. Me queda por decirles a las madres que ocultaron cierta información que mi venganza será terrible, y que si bien la felicidad de estar con un hijo entre mis brazos me tendrá entretenida por un buen rato, algo se me va a ocurrir. 

A las que no tuvieron hijos aún, me escriben que les cuento la posta. No se asusten, nada las hará cambiar de idea si desean ser madres, pero no es justo retacear información!!!! Clarín miente, y algunas mujeres también! Sépanlo. 

sábado 15 de octubre de 2011

Algunas recomendaciones


Pequeño homenaje al padre de mi hijo. Esta es su primera carta: Tenía apenas 7 semanas.

Ahora me toca a mí. Le dije que se sentara frente a la computadora y tomara nota. Es que la escucho todo el día y no me quejo con lo cual me pareció justo dejarte estas líneas.
Mirá, es simple: No me gusta que haya un intermediario entre vos y yo. Quisiera que puedas sentirme un poco más pero también se que es difícil porque me observás como desde una vidriera a través de sus ojos. Acá estoy bien, el clima es perfecto y la verdad me mima bastante. A veces tengo que seguirla aunque no quiera, eso me pone de mal humor pero no te preocupes que se lo hago sentir. ¿Sabés? aprendí  a amarla desde el primer momento en que empecé a latir. No me imagino sin ella.
Te decía que entre vos y yo me gustaría que no haya intermediarios. Pero como por ahora y hasta dentro de algunos meses vamos a estar separadamente unidos, quise que escribiera por mí lo que tengo para decirte:
-En primer lugar, te doy las gracias por desearme tanto. Se que desde hace algún tiempo soñabas con mi llegada. Acá estoy y te juro que siento tu felicidad. Eso me hace gigante a pesar de mis 11 milímetros de largo.
-Te pido que cuando me veas  y recorras con tus ojos mi cuerpo  selles el encuentro para siempre. Nadie te va a enseñar cómo, pero se que vas a saber exactamente qué hacer.
-Cada vez que me acaricies, pensá en esta carta y tené presente que te estoy acariciando desde el cordón que me alimenta. Apoyo mi mano en él y reconozco tu voz, entonces te abrazo con el corazón, seguro que nadie te abrazó tanto como yo en este tiempo.
-Enseñame a mirar a través de tus palabras.
-Enseñame a elegir para que nadie lo haga por mí, a luchar a pesar de las contradicciones y a leer. Quiero leer todos los libros que existan, incluso los que no leíste.
-No me sueltes la mano ni aún estando en desacuerdo con mis decisiones.
-Haceme libre de religiones para que cuando lo desee, crea.
-Decime muchas veces que me amás porque cada vez que te escucho decírselo a ella crezco un poquito más de la emoción que me causa.
-Mostrame la historia de mi país como más te guste, contame tu vida y llename de palabras. Te voy a necesitar hoy y siempre.
-Cuando me caiga no te desesperes, mi llanto se apagará en tus brazos.
-Acuname, quiero dormirme en vos.
-Dejame peinarte, disfrazarte y enseñarte a que me críes. Nada me hará más feliz.
-Llevame a pasear, corré conmigo y retame cuando lo consideres necesario.
-Ayudame a descubrir mi personalidad sin decirme cómo debo ser sino dejándome sentir.
-Escucha hasta mis silencios. Yo lo hago con vos ahora.
-Compartí tu música y bailá conmigo.
-Sonreíme cuando esté triste.
-Contame cuentos y se exagerado. Eso me va a divertir.
-Discutí con el miedo adelante mío para que cuando sea grande no le tema.
-Demostrame que el amor no te hace sufrir, que lo que duelen son los golpes y que siempre hay un señor que se llama tiempo y todo lo cura.
-Gritá a mi lado por la memoria, la verdad y la justicia. Yo te voy a copiar.
Creo que la lista está completa… 
Ah, no. Me olvido de lo principal: ensayá conmigo el libreto, nadie nace sabiendo ser Papá y eso es lo que más voy a amar de vos. 

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