miércoles, 6 de enero de 2016

Te cuento...

Y acá te asomabas. Al principio ni me entaré que estabas ahí, en medio de una fiesta peronista entre alcohol, cigarrillos y cumbia. Si, de verdad. No sabía que existías. Llegué al departamento viejo en el que vivíamos con tu papá y te enojaste tanto pero tanto con mi desconsideración que me hiciste vomitar. Tenías apenas una semana de vida si mal no me fallan los cálculos. Y yo era mamá sin saberlo.
Luego de ése episodio y ante la duda, comencé a portarme bien. Hasta que el 13-5-2011 confirmamos la honorable presencia, a través de dos rayitas rojas y el terror que me invadía.
A medida que pasaba el tiempo empezaste a hacerte notar por tus irrefrenables ganas de sentir el sabor salado del jamón crudo con la combinación del jugo de naranja. A cualquier hora, en cualquier momento. Eras dócil cuando te sacudía mientras bailaba el ritmo que se me cruzara y vos ahí, quieto, compañero, en silencio. Un ombligo que latía. Un corazón adentro de mi cuerpo además del mío.
Si yo tengo que explicarte qué es estar embarazada diría que te imagines un arco iris altísimo, lleno de firuletes y que desemboca en una super taza de chocolate pero que es una sorpresa. Entonces te tenés que tirar... y te da miedo ese tobogán multicolor porque es alto, muy largo y no sabés que al final... como dice la canción, hay recompensa. De repente te asalta la curiosidad. Y querés tirarte pero no podés, porque tu inseguridad no te deja. O te aprisiona la angustia de no saber qué va a pasar. Sorteás miles de obstáculos, vos solito, porque el resto como bien dicen las abuelas, son de palo. Sos vos con tus sensaciones y emociones. Con tus decisiones. Con tus intentos frustrados. Con tu valentía de seguir adelante. Con tu pasión por cumplir lo que tanto anhelas. Y un día te tirás. La adrenalina que sentís al saber que estás haciendo un camino de ida sin saber qué te depara la vida te paraliza, pero a la vez te hace sentir pleno. Y seguis a toda velocidad, experimentando el viento en el rostro de una manera diferente, escuchando en tus oídos a tu propio corazón que desborda de alegría, calmando a tu curiosidad. Crecés y ves como cambia tu cuerpo con el efecto multicolor que atraviesa tus sentidos. Te emocionás, te malhumorás porque no llegás al final, te volves a emocionar, te llenás de ilusiones y fantasías sobre qué vendrá después... y el día menos pensado, caés en la taza de chocolate. Dulzura pura. Nadás allí, no lo podés creer. A veces te empalagas y querés salir pero ya esta, la recompensa es soñada. Y sentís que todo lo hecho, todo, sin cambiar nada, valió la pena.
Eso Lichu es estar embarazada. Y eso siento por vos. Mi vida vale la pena por la tuya. Parece un trabalenguas pero no lo es. Lo vas a escuchar bastante eso de "daría lo que sea por verte feliz". Es común que muchos lo digan. Pero te voy a contar un secreto. Cuando alguien te diga eso aparte de mamá, miralo a los ojos. Sea quien sea, un amigo, una amiga, novio o novia, vaya a saber qué te gustará. Mira los ojos de la persona y fijate si cuando te lo dice, brillan. Pero no un brillito así nomás. Tienen que brillar más que el sol. Si es así, te está diciendo la posta.
Mirame. Ves? Cuando te miro mis ojos son dos soles que me indican adónde caminar. Sin vos me perdería, entendés?
Por eso pajarito de mamá, quiero agradecerte por estos cuatro años de vida que me regalaste. Me hiciste tanto bien, tanto hijo, que no se de qué manera ponerlo en palabras. Sos mi gran taza de chocolate. Sos mi oxígeno Li. Feliz cumple amor mío! Y por toda la eternidad juntos!