domingo, 26 de septiembre de 2010

Locura cotidiana 1

La carta que alguna vez recibí de ese cretino se volvió rutina. Se hacía presente en cada parpadeo. Recordaba una y otra vez la estación de tren, mi bronca, la fuerza con la que hice el bollo de papel y el momento en que lo tiré en el cesto de basura. Me acuerdo que saqué el pasaje de tren para dárselo al guarda, pasé el molinete y no miré hacia atrás. “Nunca más” dije, y acá estoy, con las imágenes violando mi cabeza una y otra vez. Cuadros absurdos, fotografías desgastadas por el tiempo, todo eso encima mío manipulando mi realidad no real. En silencio, claro. Yo también.

“Se suicidó” creo que decía. Lo leí mil veces ése párrafo, pero ahora decidí dudar sobre cómo empezaba. Se terminó ella, y el resto. Me terminé. Durante muchos años estuve contando esta historia en varios divanes, llorando, riendo, sintiendo terror, bronca, lástima, angustia, incertidumbre. Años averiguando por qué, cómo, cuándo, y quién carajo me mandó. Nada. Silencio.

Vuelvo en sí. El CD dejó de girar, la casa no tiene ruidos. A veces es necesario equivocarse para ser conscientes de cuánto corroe el dolor. Y qué bueno es poder escaparle. No voy a poner más música. La calma me deja tranquila, ahí es cuando entiendo muchas cosas aún sin tener una respuesta.

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