jueves, 24 de marzo de 2011

Desde mis entrañas

No había nada que decir. Desde principio de año las ausencias se tornaron habituales en mis días, pero con la última noticia sobre la muerte de César no me habían quedado palabras que pudieran etiquetar mi sentimiento.
Lo conocí una tarde de sol a través de los ojos de Silvia, su hija mayor. Concurrí a su casa en busca de algunas respuestas a tantas preguntas que la historia argentina aún se encarga de dejarme inconclusas. Me encontré con una mujer llena de fuerzas, surcada por la lucha incansable de mantenerse entera a pesar de las desapariciones. Más exactamente, a pesar de la desaparición de su hermana Inés.
“El clima de los '70 era realmente apasionante. Yo creo que terminé la facultad por la política. Después se tornó todo en algo tan terrible que lógicamente te cuestionás miles de cosas. Nadie se imaginaba que iba a terminar así, nadie. Llegó un momento que había un muerto por hora, antes de la dictadura incluso. Fue terrible” me decía aquella tarde, gesticulando con sus manos y sus ojos el horror de lo vivido.
Con la excusa de realizar mi tesina, con la idea de explicar la circulación de la creencia social estamos gobernados por montoneros, fui a conocer a Silvia intentando encontrar en ella todas mis contradicciones resueltas. “Te voy a contar cómo fue mi historia. Yo empecé a militar con la facultad. Iba a Exactas, en el '66 fue la noche de los Bastones Largos, echaron a muchísimos profesores y muchos otros renunciaron en masa. Llegué a una facultad que era un desastre. Por mi familia y tal vez mi crianza, siempre tuve inquietudes, eso sí, vivía en un ambiente muy pequeño burgués. Pero fui a una escuela piola, a una escuela del estado. Tenía además un montón de amigos en el barrio, casi todos re católicos, así que nada que ver... Pero bueno siempre me interesó la política. Nosotros apoyábamos a la Alianza Popular Revolucionaria, en la época en que ganó Cámpora... no le fue tan mal” me contaba. Mientras tanto, en mi cabeza se tejía mi historia, disímil en muchos aspectos, lejana de aquellos años, pero marcada a fuego por el golpe de Estado. Pensaba en mi año de nacimiento, 1979, y no podía dejar de imaginar qué hubiese sido de mi vida si en aquel año hubiera tenido 17. Tal vez hoy no estaría acá.
Silvia seguía hablando. “Te cuento una anécdota, yo todavía no militaba pero estaba en el centro de estudiantes, y un día llegué a mi casa y escuché en Radio Colonia, la voz de Ariel Delgado diciendo que repatriaban el cadáver de Evita. Yo estaba fascinada, no te imaginás. Agarré mis bártulos y me fui. Ése día volví a cualquier hora a mi casa, no me importaba nada. Era muy interesante. Por eso te digo que a mí me atrapó la política. Había mucha discusión, todo el mundo estaba discutiendo algo. Las cosas pasaban a tal velocidad que a veces te pasaba la vida y no te dabas cuenta”. Sin darme cuenta, su relato comenzó a estremecer mis sentidos. No estaba ahí, estaba en su memoria. Estaba caminando con ella en sus épocas de juventud, a su lado.
“Se ocultó muy bien el tema de los desaparecidos. Incluso aún militando bastante no se sabía qué estaba pasando. Yo me casé en el ’75 y me alejé un poco de la militancia porque me quería recibir, pero te digo que se ocultó muy bien. En general, se sabía que había represión porque había casi un muerto por día. Los Montoneros pasaron a la clandestinidad, y lo anunciaron públicamente mientras nosotros estábamos en una Asamblea, te imaginás para la gente que estaba ahí no podías salir a la calle, te daba terror. Fueron cosas terribles. Salvo los que tenían puestos de poder, no se sabía mucho. Estaba el golpe de estado en Chile, pero aún así no se te pasaba por la cabeza lo que ocurrió. Ahora que lo pienso, mi hermana que era muy militante tal vez tenía conocimientos de algunas cuestiones pero no estaba enterada de las atrocidades que se estaban cometiendo. Ella desaparece el 19 de julio de 1979, y al tiempo me llega una carta de España de un chico que había sido novio de Inés, dándome todos los detalles del grupo 332 de tareas que actuaba en la ESMA, que fue donde ella estuvo. Cuando leí la carta, en aquel momento estaba embarazada de Mariano y casi lo pierdo. No podía creer algo tan organizado y aceitado para exterminar gente. El dolor… qué decirte. Mi dolor. Mi hermana entendés? No la ví más. No conoció a mis hijos, no pudo sostener a sus sobrinos en brazos. Qué difícil se me hace seguir hablando. Mirá, en La noche de los lápices hay una escena en la que Díaz se encuentra con el padre en una plaza, el pibe hacía trabajos en las villas, era Guevarista, y el padre le pregunta, ¿en qué andás? Y el pibe le dice en nada, lo que hago yo no es nada, no pasa nada papá… Eso mismo hubiera contestado yo, qué mierda me van a llevar a mí, nosotros estábamos en contra de la lucha armada, y sin embargo te das cuenta con los años de la inconciencia de todo. Creo que el Golpe de Estado lo apoyó todo el mundo. Te cuesta vivir con eso. Te digo que en el ’85, cuando se abrió el concurso en la Facultad para el CBC yo no quería ni pisar, detestaba encontrarme con los carteles y las fotos. Después entendí que debía enfrentarme a eso. La vida sigue, pero me costó muchísimo. Es más, el día que dimos el concurso en el Aula Magma, yo me acordaba de nuestra última asamblea en ése mismo lugar. Y cuando fui a entregar el escrito me encuentro con una compañera que la habían secuestrado, la torturaron dos días y tuvo la suerte de caer en aeronáutica, por un perejil, porque a los peronistas los barrieron a todos, a los comprometidos y a los no, el marido de ella era un simpatizante nomás. Con decirte que cuando se la llevan a Leonor le preguntan si tenía la casa limpia, y Leo de los nervios le contesta “y algo limpié, no pude mucho pero algo limpié”. Bueno, me encuentro con ella y nos pusimos a llorar como locas en un abrazo interminable. Nadie entendía qué estaba pasando. A nosotras se nos pasaba todo por la piel y la cabeza. Ahora voy a la facultad a dar clases casi indiferente a los carteles y placas recordatorias. Para mí el ’83 fue atroz. Es más, me agarraron tantas anginas que tuve que ir a un especialista porque no daba más de la garganta y no podía curarme. Y el médico me dice 'a Ud. Se le murió alguien?' Yo a esa altura ya sabía todo lo que había pasado con mi hermana, por las investigaciones que había hecho mi viejo. Nunca le contesté la pregunta”.
La emoción la invadió una vez más, y ante mi silencio, volvió a ofrecerme café para llenar el ambiente con palabras que, ambas lo sabíamos, solamente cumplían la función de completar el vacío que se había generado. Seguimos hablando, y entre consejos y confesiones, me preparó un ramo de azaleas y camelias para que me llevara. Sólo las flores fueron testigos de nuestro encuentro. Perduraron dos semanas y cada mañana, al despertarme, las miraba para llenarme de vida. Jamás me voy a olvidar de Silvia y de su familia. De la incansable pelea de su padre César por encontrar a su hija menor. Jamás me voy a olvidar de Inés, y por ella y los treinta mil que no están es por quien continúo la lucha. Ese día me marcó para siempre. Hoy, en homenaje a ellos, digo NUNCA MÁS.
Inés, te llevo conmigo.

domingo, 20 de marzo de 2011

Reventar

“Tenés treinta y pico y todavía creés. No está mal, pero sería bueno que al menos intentes darte cuenta de que no todas las cosas salen de la manera que lo imaginás. Desde hace algunos meses estás intentando recibirte de licenciada en comunicación, te falta la tesina, pero ya ves, cualquier excusa es buena para no escribir. Estás enojada, no querés ni siquiera ir a terapia. Harta de tu trabajo, de la gente en general, de vos. Dejate de joder. En qué creés? En los sueños. Siempre la misma respuesta. Creés que se puede cambiar el mundo, que las personas son buenas y que el cuentito de los setenta todavía existe. No está mal, te vuelvo a repetir, pero un poco de realismo. Sos una mujer, tenés un marido que te banca en todas, qué más querés? Ahora tenés que ser madre, y recibirte. Ya está, no podés pedirle nada más a la vida”.
No importa con quién, ni cómo ni cuándo, pero me hubiera encantado continuar con la discusión aquel día. Busco trascenderme y no caer en la finitud de mujerconhijoymaridofelizparasiempre. Así de llano no.
Trascender es la lucha diaria, pelear todas mis mañanas con quien sea para salvaguardar un poco más el lugar de quien venga detrás de mí. Tener hijos, sí, pero sin detener mi mundo. Seguir estudiando eternamente, hasta el último día de mi vida. Aprender. Jugar. No abandonar nunca más mis clases de danza clásica, cuyos efectos me liberan de las caretas y me dejan ser, una hora y media, con la frecuencia de dos veces por semana, lo que en verdad soy: arte en movimiento. No lo saben muchos, igual no me importa. Creer en la pasión que me conduce, en mis sueños, en mis ganas de hacer. Creer en el cuentito que tanta bronca te da a vos como a muchos, en la revancha de aquellos años, en la continuidad de la disputa pudiendo ver los errores cometidos, e intentando llevar a cabo una revolución desde otro lugar. Una revolución visceral, desde las entrañas, donde me juegue la vida por un mundo mejor. Te vas a dar cuenta del cambio una vez realizado. De a poco, sutilmente. No estoy sola, y eso me hace grande. Y vos vas a mirarme de costado, por fuera de la película, sintiéndote claramente en el banco de suplentes por no actuar.
Así estoy. Hablando de vos frente al espejo del baño. La próxima vez te lo digo en la cara. Me lo juro.

jueves, 3 de marzo de 2011

De como una respuesta se convierte en laxante natural

Así que soy conchuda… A ver, explicame qué es ser conchuda para vos. Te cuento que  la conchudez de hoy se relaciona con la soberbia de Cristina. Qué casualidad! Una mina con carácter, con elegancia, con una cara que cuando no sonríe, te está mandando a la mierda con altura –jamás conocí a alguien que te mande con tanta altura como ella-.
Ser conchuda no es malo para mí. No me insulta. Me divierte. Si tus ganas de hacerme enojar las medís a través de este adjetivo no lo vas a lograr. Perdés. Así de simple. Y ahora que me vas a decir? Que soy conchuda hasta en la forma que tengo de decirte que sos un perdedor? Bueno, ves? Siempre es bueno que reconozcas la inteligencia de las conchudas como yo.
Me gusta ir al frente con todo, y cuando no le doy cabida al diálogo o al simple comentario, también te estoy diciendo algo. No me interesa opinar, o bien, no encuentro mi espacio a tu lado. Ó al lado de los que estén en ése momento. Pero no estoy enojada eh? Te lo digo bien. Para que entiendas, las conchudas como yo tenemos buen humor también, y estamos bien atendidas, no confundas. Otro día si querés te explico a quiénes aplica el otro insulto, pero esto que me decís ahora es especial. Me hace sentir tan poderosa.
Fijate que la conchudez de hoy es sublime. Porque de alguna manera justifica absolutamente todas mis respuestas. Para vos seguro que hay dos tipos de minas: las regaladas y nosotras. Bueno, ves? Es lógico que para tus limitaciones imagines a las mujeres dentro de estas tipificaciones. Claro que no voy a explicarte que tu madre, como no es conchuda, clasificaría entre las regaladas porque te va a caer mal, pero bueno, ya lo entenderás con el tiempo y podrás ampliar tus horizontes.
También quería decirte que tener un cargo o ser profesional debería sumar capacidad a tu cerebro y no discapacidad a tu razonamiento. Lo vamos a lograr de a poquito, primero vas a tener que entender a las mujeres como yo, y luego, si te queda espacio en la cabecita, intentamos razonar.
Entonces, repasando lo que esta conchuda te dice, para ofender sólo bastaba con tu presencia. Viste que simple era? Pero como soy tan pero tan conchuda, ya me acostumbré a vos. Así que compartir mi tiempo contigo me gratifica.
Que tengas un buen día.
Y gracias por el piropo.-

Choques

“Veo agujeros negros que representan lo que no soy”. Eso le dijo a su terapeuta aquella tarde que, como era costumbre en cada sesión, terminaría con un “dejamos acá”.
Desde hacía un tiempo le venían rondando en la cabeza sus inconclusiones. Las marchas y contramarchas de arrancar una pasión y dejarla ir por falta de tiempo, de ganas, por exceso de responsabilidad en el trabajo o bien por exceso de crítica a ella misma. Se dejaba ganar por el no puedo. Seguía caminando, pero agotada. Era una pelea permanente con su hiperkinesia. Buscaba formas de combatir los enfrentamientos pero no lograba dar con la solución. Hacía y deshacía constantemente, actuaba y aquietaba sus acciones. No daba más.
Ése día también había hablado Cristina por cadena nacional, su presidenta. La de todos los argentinos. Vio su discurso ni bien llegó de terapia, por youtube. Se emocionó como pocas veces lo había hecho con un discurso político. La emocionó la fuerza, independientemente de sus acuerdos y desacuerdos. La emocionó verla tan mujer, tan espléndida, tan segura, tan soberbia como lo era ella, tan… yegua como le decían a ambas, a ella y a la presidenta. Le encantaba ser yegua si el común denominador social llamaba así a las mujeres con carácter. Le gustó ver cómo exponía su intelectualidad sin temores, su sagacidad sin competencia. Admiró que esa mujer también fuera lo que seguramente quería ser. Y en un acto de arrojo, se sentó frente a la computadora y comenzó a escribir. Aún emocionada, comenzó a tachar todo lo referente a los razonamientos fantasiosos sobre sí misma y defenestró el menosprecio que le causaban sus creaciones –artísticas y profesionales-. Como acto reflejo, se dejó mimar: listo las cosas que más le enorgullecían. Por un momento, dejó la escritura y se perdió por la ventana del living. Pensaba. Se veía. Dio vueltas un montón de años en el tiempo como si fueran hojas de un libro y se proyectó. Ahí estaba ella, sentada en una banqueta de madera, como las que le gustan, en medio de un patio plagado de árboles. No estaba sola, había una niña a su lado y eran idénticas. Seguía pensando mientras la imagen comenzaba a emitir sonidos de voces humanas. El diálogo no se lograba entender, pero en un momento vuelve sobre la máquina y escribe su nombre. Todo lo que ella era se reducía a un nombre propio. Apagó el celular, desconectó el teléfono de su casa, apagó la computadora, se levantó y salió a caminar. Era tarde, pero esa noche no quería dormir. Había decidido descansar de sus miedos, y entonces empezó a hacer. A ser.