lunes, 19 de diciembre de 2011

Un estado de sitio que no fue


Después de escuchar las palabras de De La Rua que declaraban el estado de sitio me levanté de la cama aterrorizada. Por aquel entonces tenía apenas 22 años, me había ido a vivir sola a un monoambiente lleno de humedad y muy oscuro que para mí era lo mejor del mundo. Trabajaba en una empresa yanqui, un call center que me había hecho ganar buena plata por comisión en ventas en muy poco tiempo. El departamento que alquilé quedaba en Beruti y Agüero, a una cuadra del conocido bar Job’s, a siete cuadras del lugar en el que vivían tres amigos del secundario y a quince minutos en subte del laburo. Para alguien que se había criado en el conurbano y que no lograba llegar a un lugar en menos de 40’ de viaje, los cuales se repartían casi siempre entre tren y subte o colectivo, era realmente un paraíso terrenal.
Mis ansias por vivir fuera de la casa de mis viejos y sentirme “adulta” se desvanecieron en el instante en que terminó la cadena nacional. El miedo no cedía. Recuerdo que agarré el teléfono y comencé a llamar desesperadamente a quien hoy es el padre de mi hijo. Nuestra juventud nos había arrimado, las pasiones que teníamos nos enamoraban y las ganas de trascender políticamente sin saber bien adónde ni cómo, conducían nuestros actos. “Venite para casa, estoy cagada en las patas. Escucho golpes en el edificio y gritos, por favor veni” le dije llorando mientras acomodaba la billetera en un bolsito para salir a la calle. “No salgas, esperame ahí que veo cómo hago para llegar. Están saqueando el Día de San Martín y el súper de al lado de la casa de tus viejos”. Corté. Llamé de inmediato a mi mamá disimulando mis nervios “hija ni se te ocurra venir para acá, quedate en tu casa. No salgas”. Ya tenía resuelto qué hacer, y sabía que mi compañero iba a seguirme. Pasaron dos horas de ansiedad y espera interminable, un atado de diez cigarrillos Marlboro y ruidos de cacerolas cada vez más fuertes hasta que llegó él. Abrió la puerta del departamento y nos dimos un abrazo que jamás voy a olvidar en toda mi vida. “Vamos?” me dijo, y sin decir nada, salí de su mano. No sabíamos qué íbamos a hacer, lo único que queríamos era llegar a la Plaza de Mayo. Caminamos desde Santa Fe y Agüero hasta la Facultad de Sociales, en M T de Alvear. Él traía escondidos unos aerosoles que nos permitieron dejar las huellas de ese día en varias paredes de las calles: “30.000 compañeros presentes”, es lo único que pensábamos. Escondimos los aerosoles detrás de un árbol en la vereda de la facultad porque el rumor que se corría era que estaba la montada tirando gases lacrimógenos en la Plaza. Había muchísima gente corriendo en dirección opuesta a la nuestra, cerca de la 9 de Julio. “Viene la cana, no vayan!” mi piernas temblaban. Tratamos de seguir hasta donde pudimos. Era la madrugada del 20 de diciembre y escapamos corriendo de un auto de la policía que justo dobló en una esquina de no me acuerdo qué callecita del microcentro. El corazón se me salía de la boca, no podía más. Nos tranquilizamos a medias y decidimos volver al departamento.
Esa noche volvimos a dormir juntos en mi cama de una plaza, los dos apretados a pesar del calor, con la tele prendida viendo lo que pasaba y el temblor que aún me perduraba. Él pudo dormir, yo no. Me quedé despierta pensando qué hacer. El 20 de diciembre rendía el final de la materia Principales Corrientes del Pensamiento Contemporáneo. Estudiaba Comunicación Social en la UBA y venía preparándome desde hacía tres semanas para poder rendirlo. Se hicieron las 6 AM y decidí levantarme. No dudé en ir a trabajar, los despidos masivos ya eran moneda corriente y no podía arriesgarme a que me echaran. Mi compañero se despertó y salió conmigo, él rumbo a San Martín a buscar su cámara de fotos. “Voy a la Plaza, esta vez quiero llegar”.
Trabajé hasta las tres de la tarde y salí decidida a buscarlo. Un montón de gente quería llegar a la Plaza como yo, íbamos todos juntos hasta que nos topamos con la montada en Diagonal Sur y Maipú. Fue la primera vez que experimenté de cerca la reacción que te genera un gas lacrimógeno. Un flaco me agarró del hombro para que me corriera ya que quedé paralizada, me caí al piso y me dio un gajo de limón. “Chupalo y ponete algo de jugo alrededor de los ojos, dale!” y se fue. La represión era atroz. Me levanté y comencé a correr sin saber adónde hasta que llegué a Av. Corrientes. No sabía cómo estaba mi compañero ni qué tenía que hacer. Lo único que sabía era que ése día supuestamente tomaban el final en la facultad. Caminé hasta Ángel Gallardo y Corrientes, agotada, mirando hacia todos lados. La sede de la calle Ramos Mejía de la Facultad estaba cerrada y no recuerdo bien si alguien o una cartulina pegada en el portón principal decía que estaban tomando examen en el Bar El Astillero. Fui hasta ahí y no encontré a nadie. Me acerqué a preguntar y el pibe del bar me dijo “Ya tomaron los finales. Qué hacés acá? Afuera está la historia”. Eran las 19.30. Nunca más me voy a olvidar de esas palabras. Cuando llegué a mi casa, supe que para esa hora ya había renunciado Fernando De La Rua a la presidencia de nuestro país, y que mi compañero estaba sano y salvo.
A diez años de aquellas trágicas jornadas que dejaron un saldo de más de 30 muertos, es imprescindible ejercitar la memoria, dejar plasmadas nuestras vivencias tengamos la edad que tengamos, hayamos vivido o no como protagonistas esos sucesos.
A días de parir mi primer hijo sostengo aún más fuerte la bandera de la lucha por un país sin exclusión social, lucha que se alimenta de la memoria colectiva, de esa misma memoria que nos dice a gritos una y otra vez NUNCA MÁS.  

6 comentarios:

elián dijo...

Muy bueno tu relato, realmente movilizador. Si tenes ganas lo podes compartir acá: https://www.facebook.com/19y20
Abrazo

Anónimo dijo...

Excelente. Muy emotivo. Diego

Ester Lina dijo...

Lo dijiste muy bien. Es un relato que hace historia, la que cada uno de nosotros cuenta, la de transmisión oral... Con la existencia de internet se les va a dificultar a ciertos historiadores, contarla desde su propio punto de vista... Por suerte, quedan los blogs!
Te saludo

Alguien dijo...

Puta madre, se me pusieron los pelos de punta. Yo por aquellos años tenía 20 años y poco sabía todavía de la vida, aunque sabía que estaba viviendo un momento histórico. Es increíble el relato, creo que sólo aquellos que estábamos presentes podemos explicar y rememorar la sensación a que algo estaba por pasar que se sentía en las calles.
Me emocioné con tu relato y puteé con las palabras del cobarde presidente que voté la primera vez que ejercí mi derecho cívil. Qué arrepentido estuve de aquel voto...

Anónimo dijo...

Soy Maria, la mamá de Mariel Casentini Maffeo (del Mate) Que bien que escribís! Veré como aprender a entrar a facebook para seguirte.

Lucrecia dijo...

Mi negra..., su historia corre en las venas de los tantos que vivimos esos momentos, que corrimos, puteamos, pero que estábamos muy enteros; sabiendo que la historia se hace a cada paso. Las revoluciones se hacen con una sonrisa, empecemos por ahí!

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