jueves, 18 de septiembre de 2008

Conclusiones


La sesión había terminado. Su estado mental estaba en total anarquismo con su cuerpo. Caminaba sin rumbo, sin saber cuál sería el destino de la tarde. Lo llamó por teléfono con un nudo en la garganta luego de escuchar su mensaje. No lloró, pero hubiese querido explicarle lo que había hablado en terapia. El crédito de su celular no le dio tiempo a nada, y quedó inconclusa una vez más la conversación que habían arrancado hacía unos minutos. Se iban a encontrar en el departamento de ambos para hablar. Siempre lo hacen, pero esta vez ella quería contarle de qué se trataba su contradicción. No era una cuestión de sentimientos: la seguridad del amor que le tenía era absoluta. Sin embargo existía un temor, un sentimiento que la perseguía y necesitaba vomitar para liberarse.

“No te sentís contemplada. Y vos, ¿qué contemplás de él? ¿Qué admirás de su persona?”. La sesión continuaría el próximo martes. Pero ella tenía una catarata de palabras para decirle. Quería expresarle que contemplaba su inteligencia, que pasaría horas escuchándolo hablar de política, aún disintiendo con su forma de ver las cosas. Admiraba su capacidad de vulnerar su enojo, de hacerla morder su propia bronca con un simple abrazo... por eso lo evitaba en esos momentos. Sabía que caería rendida a sus brazos. La contradicción radicaba entre el amor y la angustia de sentirlo lejos. Entre la convivencia y el desencuentro cotidiano. No quería sentirlo, pero esta sensación no la dejaba descansar.

Llegado el momento, ambos coincidieron en el arribo al lugar. El debía partir, su padre lo esperaba en el sanatorio donde estaba internado. Hacía 5 meses que se habían casado... “No te muevas de casa, vuelvo en unas horas y hay una sorpresa para vos” le dijo, pero no logró sacudirla por la curiosidad.

A las 19.30 sonó el timbre. Sin entender bien de qué se trataba bajó a la puerta. Ahí nomás, la tarde se le llenó de colores. Un ramo de flores inimaginado la estaba esperando. La sonrisa comenzó a dibujarse sobre su rostro, y sus ojos no quisieron ser menos mientras le humedecían las pestañas.

El gesto. Eso fue. Nada más que el gesto. La felicidad la invadió por completo.

“A cinco meses de una gran decisión, quiero decirte que sos lo más importante que tengo”. Una tarjeta que a partir de aquél momento de lectura se volvió eterna. Y una mujer, que a partir de ése instante revivió el momento en el que dijo “si, acepto”.

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