miércoles, 29 de septiembre de 2010

La noticia



Él estaba feliz. La miraba con sorpresa, casi sin habla, la abrazaba en silencio, le sonreía. Ella estaba inmóvil. Por momentos se ausentaba de sí misma. La escena le quedaba lejos, se miraba desde arriba y lo único que quería era verlo así, tan radiante como nunca. No podía decirle nada. ¿Por qué habría de romper ése instante con sus mambos? Siguió inmóvil. Su corazón latía cada vez más fuerte.



- Estás bien?- preguntó él. La falta de respuesta lo dijo todo. Sus ojos se llenaron de lágrimas y comenzó a temblar hasta alejarse por completo de su lado. Ella necesitaba decirle lo que sentía. Era raro, algo nuevo. Su respiración estaba entrecortada, sin embargo intentaba disimularlo porque tampoco quería asustarlo. El valor le calaba los huesos. Las palabras se impacientaban por salir.


- Tengo miedo… y si pasa…- él la interrumpió sellando sus labios con un beso. Volvió a abrazarla.


- Y si pasa algo, seguiremos siendo dos.



Comenzaron a llorar de emoción. Entonces tres corazones acordaron latir al mismo ritmo.
Nada más importó.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Locura cotidiana 1

La carta que alguna vez recibí de ese cretino se volvió rutina. Se hacía presente en cada parpadeo. Recordaba una y otra vez la estación de tren, mi bronca, la fuerza con la que hice el bollo de papel y el momento en que lo tiré en el cesto de basura. Me acuerdo que saqué el pasaje de tren para dárselo al guarda, pasé el molinete y no miré hacia atrás. “Nunca más” dije, y acá estoy, con las imágenes violando mi cabeza una y otra vez. Cuadros absurdos, fotografías desgastadas por el tiempo, todo eso encima mío manipulando mi realidad no real. En silencio, claro. Yo también.

“Se suicidó” creo que decía. Lo leí mil veces ése párrafo, pero ahora decidí dudar sobre cómo empezaba. Se terminó ella, y el resto. Me terminé. Durante muchos años estuve contando esta historia en varios divanes, llorando, riendo, sintiendo terror, bronca, lástima, angustia, incertidumbre. Años averiguando por qué, cómo, cuándo, y quién carajo me mandó. Nada. Silencio.

Vuelvo en sí. El CD dejó de girar, la casa no tiene ruidos. A veces es necesario equivocarse para ser conscientes de cuánto corroe el dolor. Y qué bueno es poder escaparle. No voy a poner más música. La calma me deja tranquila, ahí es cuando entiendo muchas cosas aún sin tener una respuesta.