sábado, 16 de octubre de 2010

Ezeiza

Ni vos ni yo encontraremos explicación a la vorágine hormonal que nos tuvo por protagonistas. ¿Hacen falta respuestas? Creo que no servirían.

Lo que pasó entre nosotros fue tiempo, instantes de elipsis que en algún momento debían morir, espacios vacíos de sentido que necesitaban llenarse con algo que nos satisficiera al menos en el presente.

Ése tiempo elíptico que transcurrió fue casualmente el lapso de cinco años, y tuvo que volver a ser noviembre el mes que nos atrapó en un deseo irrefrenable.
¿Casualidad?

Destino.
Tan simple y remotamente válido como eso.
Piel.

¿Sirvió? No importa. Aunque debo reconocer que desequilibró mi rutina como para que ahora esté escribiéndote. De alguna forma tengo que sacar lo que me invade. Tengo que sacarte; sé que me entendés. Se trata de una cuestión sentimental que arrastro desde lejos. Más bien una enajenación que trasciende lo sensorial.
Pienso. Se esfumó una vez más el encuentro con un saldo hueco de contenido, pero lleno de certezas.

Tu proscripción en mi vida se vio sacudida por tu llegada, aunque parezca contradictoria la crónica, tras una larga estadía vaya a saber donde. El arribo cuasi impensado se fue anunciando sobre la marcha… y pasó Ezeiza en mi cuerpo… Ezeiza del ’73 –y en esto también sé que me entendés-.
Una masacre de estructuras, defensas, argumentos y seguridades se extendió sobre las sábanas; cadáveres de mí, de la que armé.

La batalla corporal no tuvo victoriosos, tampoco vencidos. Pero aún resta combatir contra mi razón, encargada de proyectar una y mil veces en la memoria la película del por qué nos alejamos.

Estoy viviendo el día después, el día que nos convirtió en nosotros de nuevo.
Inconscientes. Absurdos. Intensos. Caricias desbocadas. Sin control. Apasionadas.

Clandestinos.

Siempre clandestinos.

0 comentarios:

Share it