viernes, 12 de octubre de 2007

Los hombres y yo... (monólogo en clave de risa, algún día lo haré sobre las tablas)


Si se analizan las probabilidades de que un acto, cualquiera que fuera, salga como originalmente se ideó en el imaginario de alguien, se observan dos caminos posibles: el correcto y el equivocado. Si a esto se le agrega la ley cotidiana de un pelotudo que se limó la cabeza estructurando nuestros días en complejos laberintos truncos, léase “Leyes de Murphy”, es más probable el camino del error a converger en los aciertos. Por lo tanto, mi historia no es la excepción a la regla.

He andado veinte y tantos años equivocada por la vida, tropezándome con cuanto goma se cruce por mi sombra a la voz de “sos hermosa, pasaría todo mi tiempo así”, donde el término así se refiere a la revolcada más porno y salvaje que jamás he olvidado… o hayan olvidado. Pero sin ahondar en detalles superfluos –o pedorros, como les guste-, lo cierto es que tanto sea la piel como el cerebro, a pesar de tener memoria como dicen, no han aprendido a discernir entre lo bueno y malo en mi caso. En realidad, lo malo siempre toma las riendas de mi mente, me pudre y me conduce a realizar los actos más impúdicos que jamás hayan oído. Sin embargo, el problema no son los actos, sino los protagonistas que elijo para cumplirlos. A veces huecos, otras feos –muy feos... horribles!-, por momentos dulces, mentirosos, padres de familia y hasta laburantes las 24 horas del día –léase aquí excelentes chamuyeros, mentirosos, empedados y puteros-.

Una vez concluido el objetivo para estos especimenes, los minutos comienzan a cargarse de miedos y por qué no de puteadas para mí. Me rebano las uñas al grito de “cómo me pudo decir eso” mientras una voz en off contesta “y vos para qué le creíste, ¡boluda!”. Entonces el pelo se cae, me salen granos –entiéndase pornocos, que no hace falta aclarar por qué aparecen… y se gesta una manía incontrolable de generalización absurda hacia la tercera persona del plural. Ellos… tan odiados, venerados, viriles o señoritas. Siempre son la causa de todos los males, y al mismo tiempo, causan el bien más hermoso al hacernos madres. Pero para qué resaltar el único sentido de su existencia si lo cierto es que cuanto más retorcidos, más deseados se tornan. Y ni hablar de las deficiencias mentales, me alucinan –un Freud por acá, por favor-.

En muchas oportunidades me he preguntado si la loca era yo al fijarme en aquél muchacho de buen pasar tanto económico... como cocaínico –pavada de palabra inventé-, o en ése que era precioso salvo cada vez que intentaba hilvanar una frase coherente. Ah!, infaltable el versero a cuerda, ése que por más que supiera de mi calentura seguía insistiendo con un futuro en común, con lo cual ni él se terminaba de convencer al mencionarlo, y cuando me convencía, huía despavorido.

Bien saben ustedes, hombres de este mundo, que si se consuma el acto sexual por lo menos una vez, sólo una, y si encima la paso relativamente bien, ya tienen el lugar asegurado en la cama… o en donde pinte. (Ahora que lo pienso, ¿seré muy fácil?). Y esto no sólo corre para mí sino que es regla general en el universo femenino. Asimismo siguen haciendo alarde de sus dotes de relaciones públicas e intentan construir un castillo sobre el piso de arenas movedizas que las desilusiones nos dejaron como herencia.

No obstante ello, en mi caso, la terquedad hace estragos con la sabiduría adquirida. Es decir, cuatro caricias, dos besos, un abrazo fuerte y mis sueños de matrimonio vuelven a aflorar. Lamentable, real y secreto hasta para nuestra mejor amiga. Porque no nos hacemos cargo de los enamoramientos, por el contrario, andamos por la calle suspirando recuerdos mientras le decimos enojadas “pero vos sos una tarada, ¡¿cómo le volviste a creer?!”. Y llegamos a casa deseando escuchar los mensajes del contestador –acá viene la parte que se omite porque empezamos a comer chocolate… ¿hace falta decir que no había ningún llamado?-.

Es inútil analizar las probabilidades de que algo salga bien. Será porque sale mal, o lo que es peor, no sale. O sale con mi prima... o es el amigo de mi hermano… o el marido de mi jefa… o el papá de mi vecina… o mi cuñado. En fin, lo cierto es que los hombres, sí, ustedes, son un mal necesario. Ahora me pregunto ¿pensaron en algún momento dejar de ser al menos necesarios? Digo, porque así sigan existiendo continuaré yendo por el mal camino, y sería espectacular que dejara de necesitarlos, aunque más no sea por un rato. Me voy a tocar un poco a ver si se me pasa...

Imagen: WEB

3 comentarios:

Yo, la peor de todas... dijo...

Juuuuajajajaja... genial!!!!!!

LimaMos dijo...

Increiblemente lindo

La Espera Que Respiro dijo...

Limamos, pasame un correo así me publicás algo en tu blog y si querés, hacemos un intercambio cybercultural-literario... Vos publicás algo tuyo acá!
Besos!!!

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