martes, 26 de junio de 2007

Una noche...


Había descubierto su perfume corporal casi sin buscarlo. Él dormía. El frío de aquella noche la transportó a los inviernos lejanos que durante su infancia solieron acompañarla. Afuera todo estaba en movimiento; hacía mucho tiempo que el viento no se ensañaba con la ciudad de esa manera.

Mientras él descansaba, ella se abrazó a su cuerpo tibio, respiró hondo y decidió dormitar disfrutando de su piel. Lo sentía muy cerca, como si estuviera subyugado a sus sentimientos. Intentó abrazarlo con más fuerzas, pero el sueño vencía toda posibilidad de impulso muscular. Su nariz, apoyada en el cuello del hombre que siempre había añorado, se extasiaba con el aroma que tantas veces había intentado recordar. Ahora él estaba a su lado.

La impaciencia de agotar absolutamente todos los segundos con su compañía no la dejaba cerrar los ojos. Volvió a respirar profundo intentando calmar su ansiedad, y optó por cambiar de posición a fin de conciliar el sueño. Entonces renunció a la almohada, procedió a recostarse cerca del pecho de su hombre y acurrucada entre sus brazos, simuló hundir la cabeza entre los pulmones.

Por primera vez sintió la dulzura que, años atrás, él había logrado transmitirle. Abrigada de angustias, miedos y nerviosismo, había podido encontrar un instante tan eterno como fugaz en esa masculinidad que dominaba sus sentidos. Quería resistir los embates del agotamiento que horas antes le habían querido ganar una batalla, sólo porque anhelaba perpetuar aquel momento.

Pero no pudo…

Cuando todo parecía estar controlado y listo para no dormir, un bostezo la desconcentró e hizo que en menos de un segundo se olvidara de velar por su amor. No consiguió lograrlo, pero la sonrisa la acompañó durante toda la noche.


Imagen: WEB

1 comentarios:

Martín dijo...

Y otra vez ella lo volvió a sorprender. Una vez más, cuando el decidió irse a caminar para preguntar sobre su destino, ella lo volvió a sorprender...

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